El cambio climático y las bombillas de bajo consumo.
Estas y otras noticias similares se han hecho omnipresentes durante las últimas semanas, alimentadas por la creciente paranoia ocasionada por el cambio climático. Aunque no tengan mucho sentido y sirvan bien poco para resolver el problema, estas iniciativas y otras de inutilidad similar encuentran gran acogida en un público predispuesto al ecologismo de pacotilla que se suma con entusiasmo a apagar las luces durante cinco minutos como hemos visto hace unas semanas o a cambiar unas bombillas de su casa por otras de bajo consumo para sentirse bien consigo mismo en la creencia de que están haciendo algo positivo para reducir la contaminación. Estas mismas personas continuarán eso sí utilizando sus vehículos particulares sin contención de ningún tipo, atestando las autopistas cada fin de semana en largos viajes de ida y vuelta a las playas, a la montaña, o donde se tercie, y las ciudades donde ellos viven, diseñadas por quienes ellos han elegido, continuarán creciendo horizontalmente en extensos barrios residenciales de casas particulares situados a docenas de kilómetros de los lugares de trabajo habitual, y cada mañana y cada tarde estas personas atestarán con sus contaminantes vehículos en kilométricos atascos las carreteras de todas estas áreas. Cuando llegue el buen tiempo, todas estas personas llenarán sus piscinas de agua y disfrutarán al aire libre. Alguna de esa agua quizás provenga de desaladoras, movidas por grandes cantidades de energía generada en contaminantes centrales térmicas. Pero tras el baño y a la llegada de la noche estas personas encenderán sus maravillosas luces de bajo consumo y pensarán que aún siendo tan feas es una obligación moral utilizarlas para reducir la contaminación, y se sentirán bien.
Por desgracia, la mayoría de las medidas supuestamente ecológicas que vamos a experimentar próximamente serán tan inútiles como molestas, cambios de bombillas, impuestos sobre las flatulencias de los animales de granja, quizás pronto se le ocurra a alguien también cobrarnos un impuesto a los que tenemos perros o gatos por la contaminación de sus pequeños peos producen, y quién sabe qué otras imaginativas y de ridículas medidas. Mientras tanto, no se hará nada realmente significativo, porque para ello harían falta cambios estructurales realmente importantes, y la gente debería renunciar a modos de vida, placeres, distracciones y actividades altamente valoradas, y esto es algo que sencillamente no va a ocurrir. Eso sí, todos tendremos bombillas de bajo consumo en las lámparas a través de las cuales muchos limpiarán sus conciencias.











